Jueves, 23 Octubre 2008 07:31

Cap IV Primer bombardeo de Eibar......por un solo avión.

Escrito por Félix Arrieta Etxeberria
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Primer bombardeo de Eibar......por un solo avión. (Un gran susto en la piscina de “Amaña”).


No recuerdo exactamente en qué fecha, pero tenía que ser en agosto de 1936, sucedió el primer bombardeo de Eibar por aviones... mejor dicho, por un avión. Y fue la oportunidad ideal para poner a prueba la utilidad y eficacia del mentado cañón antiaéreo.
Mirando los acontecimientos retrospectivamente, creo que más que utilidad, se demostró la inutilidad e ineficacia del mentado cañón....cito. Supongo que operado por Xipri el carbonero.
Estoy seguro que con aquellos disparitos ni los gorriones se asustarían.
La guerra comenzó el 18 de julio de 1936, yo cumpliría diez años el mes de octubre. Y mi hermano Luis cumpliría cuatro años el mes de diciembre. A mediados de agosto, ya con la guerra comenzada, fuimos invitados por mi tío Gerardo y su esposa la tía Luisa para ir con ellos a bañarnos a la piscina de Amaña.


 
Esta piscina construida al aire libre, era municipal, y estaba situada a continuación de la fábrica de máquinas de coser “Alfa", en el lado opuesto del río de donde estaba Alfa, y la construyeron en el lugar conocido como Amaña, en una pequeña explanada cerca del río que pasaba por Eibar (el río Ego), donde hicieron el socavón, construyéndose tanto el fondo como las paredes, con cemento “armado”, que por el énfasis que los mayores ponían en la palabra “semento armaua”, supongo que por ese entonces era técnica muy revolucionaria. El agua se tomaba del río Ego que pasaba por Eibar. Que supongo iría limpio. Para regular la entrada del agua en el canal, conocido por nosotros como “kumbo” el empalme con el río, se hacía mediante una compuerta, más conocida por nosotros los chavales, en euzkera, como “albatia”, el cual se accionaba mediante un mecanismo con un gran volante a un lado y que se hacía girar para levantar la compuerta. Cuando el encargado de abrir la compuerta, nos permitía, a nosotros los chavales, hacer girar entre varios y con mucho esfuerzo el mencionado volante, nos convertíamos en los seres más felices e importantes del universo.
Caminando por el paseo de San Andrés, y después de pasada la fábrica de máquinas de coser Alfa el camino se bifurcaba, por la derecha, paralelo a la vía, el camino se pasaba frente a la fuente de Amaña y por aquí se iba hacia el caserío Torrekua, y pasando sobre un puente de piedra se llegaba a la carretera para Ermua, pero para ir a la piscina había que tomar, en la bifurcación, el camino de la izquierda, que por un puentecito ligero de hierro, sobre el río, permitía llegar a nuestro objetivo.

Como era verano, y hacía bastante calor, la piscina resultaba ideal como lugar de esparcimiento para todo el pueblo, en sustitución de la playa de Deva que por haber guerra, nadie se aventuraba a ir, no fuera que un barco de guerra despistado confundiendo a los veraneantes como concentración de tropas, bombardeara la playa, aparte de que como medida de seguridad recientemente optada, los trenes sólo viajaban de noche, pues era considerado objetivo estratégico. Y tampoco nadie se arriesgaba a viajar en un autobús especial para el viaje a Deva, como era costumbre anterior.
La guerra ya se sentía llegar pues aparte de cierta efervescencia y excitación no exenta de preocupación que se sentía entre la gente mayor, incluso nosotros los chavales de Arragüeta, lo tomamos muy a pecho y nos organizábamos en pelotones y hacíamos instrucción y simulacros de ataques, en la calle de Arragüeta. En la que acabábamos con un “cuerpo a tierra”, estuviera o no sucio el lugar donde íbamos a tirarnos.

Según se afirmaba entre gentes “enteradas” que desde la cruz de Arrate se escuchaban allá lejos, hacia el mar, estampidos de explosiones de disparos y de cañonazos. Y que de noche se veían luces como de relámpagos.
En esta piscina se habían construido varias casetas o cubículos, que colocados en línea, permitía como una aportación a la decencia, el que los asistentes a la piscina pudieran desvestirse y vestirse con cierta privacía. El recuerdo que tengo, es que las puertas y paredes laterales tenían bastantes agujeros, y no eran para ventilación precisamente.
También se había construido un pedestal con escaleras de piedra o cemento de metro y medio o dos metros de altura donde una tabla hacía de trampolín.

Estando en la piscina, nosotros con los tíos, más medio Eibar, en esto se sintió el ruido del motor de un avión. Era tan raro que pasara por el cielo de Eibar algún avión, que al primer instante, conscientes de que se estaba en guerra, la reacción de la gente, fue de cierta inquietud. Pero enseguida se sintió un rumor y voces, de...¡ez eztutu geuria dok! ¡no inquietarse, es nuestro!...
¡Que geuria, ni que niño muerto!, no creo que hubieran pasado ni diez segundos, cuando comenzaron a oírse muy fuertes estampidos con estruendoso ruido a la vez que muy seco. Y lo ubicábamos hacia el centro del pueblo, donde se veían grandes polvaredas y humaredas.

Entre los recuerdos y la confusión de ese momento, está el que tal parecía, como si alguien hubiera gritado ¡sálvese el que pueda! y mientras seguían oyéndose las explosiones, todos los que estábamos en la piscina, como uno solo, comenzamos a correr al mismo tiempo y a donde fuera, cada quién por su lado, y todos en sentidos opuestos a las demás gentes, atropellándose unos contra otros con tal de alejarse de la multitud, que se suponía era la causa del bombardeo. Algunas gentes, incluso se sumergieron totalmente en el agua de la piscina, aguantando la respiración todo lo que pudieran. Más tarde supe que éstos justificaban su chistosa reacción, afirmando que ellos sabían de buena fuente, el que las bombas no explotaban en el agua.

En cuanto a mis tíos, creo que mi tío Gerardo fue de los primeros que comenzó a correr, aún antes de las primeras explosiones, creo por su pasada experiencia en la armada, enseguida supuso lo que se venéa encima. Yo lo recuerdo viéndolo de espaldas corriendo como el que más, alejándose de nosotros, sin acordarse ni de su esposa ni de sus sobrinos.
Por lo que iba sucediendo a mi alrededor, muy aterrorizado, me decidí a correr a donde fuera, lo mismo que todos, por instinto, tomé de la mano a mi hermano Luis y sin soltarlo y corriendo lo más que podíamos, juntos con otras muchas personas, tomamos sin saber el porqué, por un camino de terracería que desde la piscina y en gran pendiente se dirigía a la parte superior de la calle de Isasi. Llegando a un lugar algo más abajo que la casa-chalet de Txistu.


 
También recuerdo, como referencia, que donde se unía el camino en que íbamos nosotros, con la calle de Isasi, en la acera de frente había un taller de herrería, un poco más abajo que el frontón-cinema de "Kiputxanekua".
Yo trataba de correr lo más rápido posible, sin soltar de la mano a mi hermano Luis, pero a los pocos pasos, mi hermano comenzó a llorar y a quejarse de que no podía correr más, que estaba muy cansado. Y era tal el miedo que sentíamos, que tanto yo, como todos los demás que corríamos por este camino, que temíamos a que nos cayera alguna bomba, por lo que sacando fuerza de donde no tenía, con mis casi diez años, tomé a Luis y lo subí a mi espalda, jadeando y al cabo de mis fuerzas, pude alcanzar el final del camino. Todo agotado y creo que llorando, y lo mismo que otros muchos, nos metimos para refugiarnos en el taller de herrería.

Mientras íbamos corriendo, yo sentía que el ruido de las explosiones sonaban cada vez más cerca y fuerte, o al menos a mi me lo parecía, como que nos venían siguiendo por detrás y tirándonos a nosotros las bombas y que cada vez era mayor y más denso el polvo y el humo y que junto a un fuerte y picante olor, que nos hacía toser. Y aún cuando pareciera que no era posible, todo ésto nos acicataba a correr cada vez a más velocidad.
De vez en cuando, se oía una especie de disparo que en contraste con el de las bombas, parecía como si fuera de escopeta, pero de escopeta chimbera, y quiero suponer, que el causante del disparito sería “Xipri” y su cañoncito, quien de seguro, muy responsable, trataba de cumplir con su cometido.
Pensar en ésto supongo que nos tranquilizaba.

Refugiados en la herrería, estuvimos por algún breve tiempo, hasta que por la calle empezaron a oírse voces, de que el bombardeo ya había terminado y que se había retirado el avión.
Temeroso de que todo aquello volviera a repetirse, por fin me decidí, como otros, a salir de la herrería y sin soltar de la mano a mi hermano Luis, caminando aún muy asustados, tomamos el camino para casa, en el Paseo de Urquizu, a nuestro paso, vimos muy poca gente. Y en varios lugares, sobre todo por Maria-Ángela, se veían cascotes y vidrios rotos, así como destrozos en varias casas, causadas por las bombas y llegando a Ibarrecruz, vimos que el frente de la casa donde vivía el doctor Don Fernando Zuloaga estaba totalmente destruida. Así como parte del casino Rialto.
Fue en Ibarrecruz, donde nos topamos con nuestra madre, quien en cuanto supo que el bombardeo había terminado, despavorida y desatada había salido de casa como rayo, en busca nuestra, y como casi todas las madres en éstas situaciones, muy optimista, suponiendo y temiendo los peores males.

Este bombardeo causó en el pueblo bastantes víctimas, incluso oímos de algunas muertes, bastantes casas se vieron afectadas por las bombas, algunas quedaron muy dañadas y otras totalmente destruidas. Yo conocía a una muchacha quien en ése bombardeo perdió un brazo a consecuencia de la metralla.
Al decir de los “jakintxus” (sabelotodos) del pueblo, la intención al bombardear Eibar, fue para dañar las vías de comunicación, tanto el ferrocarril como la carretera... pero en realidad, si éso era cierto, no creo que los jefes rebeldes atinaron con encomendar la misión a semejante piloto y bombardero, creo que ambos eran como nuestro conocido “Xipri”, resultado de una improvisación, ya que, por lo que vimos, ninguna de las bombas caídas causó el menor daño que confirmara lo que suponían.

Pero eso sí, ni quien afirme lo contrario, el susto fue morrocotudísimo.
Sobre cuánto tiempo pudo haber durado este bombardeo, la verdad es que no sé, la única impresión que me quedó, es, que a mí me pareció que duró una eternidad. Aquello nunca acababa. Creo que como en otras ocasiones de desastres, resultaría muy difícil hacer un cálculo aproximado en más o en menos sobre su duración. Quizás fueron treinta minutillos, o diez minutotes, pero lo que sí puedo afirmar, basándome en experiencias posteriores que nos tocó vivir, que un tiempo medible en el marco de una situación de angustia como aquella, carece de valor alguno, lo que sí estoy seguro es que sea cual fuere el tiempo real de duración, su equivalencia correspondería a una duración en situación normal, de más de cinco horas.

Al día siguiente de los sucesos, el tío Gerardo, hermano de mi madre, se presentó en nuestra casa, como si tal cosa, fresco y sonriente, supongo que la razón de su visita se debía a un intento de justificar su visceral reacción pero no se imaginaba lo que le esperaba, pues mi madre que esperaba ansiosamente ése momento, se le fue encima y no le concedió la más mínima oportunidad ni de hablar, ni de defenderse y menos de justificarse, lo recibió con una soberanísima bronca, de tal calibre, que fue, creo yo, para el tío, algo mucho más demoledor que diez bombardeos juntos.
Cuando mi madre se tomó una pausa, supongo que para respirar o para acordarse de algo más que pensaba decirle, mi tío aprovechó esa pausa para, más que retirarse, todo espantado, escaparse del resto de la andanada, que mi tío acertadamente suponía, que aún se lo reservaba.

Mi madre se pasó, cosa de tres días rezongando y musitando sobre lo que no pudo decirle.
A mi tío Gerardo, creo que ya no lo vimos hasta que terminó la guerra. Y para entonces a mi madre ya se la había pasado todo el coraje.
Al respecto de la impresión que recibí en el primer bombardeo fue tal que hoy, 64 años más tarde todavía sigo escuchando los estampidos de las primeras bombi... tas en Eibar.

Fin del primer bombardeo de Eibar por un avión.
Cuando, no sé si fue hace quince o veinte años, ocurrió la tragedia de San Juan Ixhuaxtepec, en México D.F. más conocido como "San Juanico", en el que se incendió una enorme base de almacenamiento de gas LP (butano) y fueron muchos los depósitos o tanques de almacenamiento que simultáneamente o en cadena fueron prendiéndose y explotando, como bombas y que formaban unas bolas de fuego inmensamente grandes y que se acompañaban de espantosas explosiones.
Nosotros que vivimos en Ciudad Satélite, una zona más alta que el de la zona de desastre, veíamos perfectamente las columnas de humo, las llamaradas y el resplandor de las hogueras, pese a que "San Juanico" estaba a más de 20 km. de distancia de nosotros. Pues bien, las explosiones que se sucedían como en cadena, sonaban tan estrepitosamente que resentíamos las ondas de choque con alarmantes vibraciones en los vidrios de la casa.

Sobre todo fueron las primeras explosiones las que más me espantaron, ya que por el tipo de sonido, hicieron que de inmediato reviviera con todo y miedo los momentos pasados hacía más de 40 años durante el primer bombardeo en Eibar.
Mi primera impresión fue en el sentido de que todo se debía a un golpe de estado y que había aviones bombardeando la ciudad. Y estoy seguro que incluso se me bajó la presión. Claro que de inmediato, gracias a la radio y televisión, pudimos darnos cuenta perfectamente de la verdadera causa que provocó semejante alboroto.

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